Hoy cumplo 32 años (sí, david, lo has escrito bien) y mi hija (aún se me hace raro escribirlo, pero sí, también lo he escrito bien) me ha hecho su primer regalo: una noche de sueño. Bien, de hecho se ha puesto de acuerdo con su madre para regalarme una noche de ojos cerrados, porque Susana ha bregado con la niña de madrugada mientras yo abrazaba la almohada como si me fuera la vida en ello. Gracias a las dos.
Después de 15 días mareando la perdiz, simulando que era una niña buena, haciéndonos creer que habíamos parido un angelito, Lucía se ha destapado como una fiestera indomable. He probado todos los recursos que existen, pero no hay quien la duerma. Ya sólo me falta echar mano al bote de loctite que guardo en la nevera y pegarle las pestañas a los mofletes, a ver si así nos da un poquito de tregua.
Miento. Sí he encontrado una forma de dormirla: nos estiramos los dos en el sofá y la acuesto sobre mi pecho, con su cabeza apoyada en mi corazón. Entonces le doy besos en la coronilla y le acaricio la frente hasta que los párpados le pesan una tonelada y los cierra…. durante quince minutos. Eso sí, uno de los mejores cuartos de hora de mi vida.
